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El tren de hierro

El plenilunio iluminaba todo el vagón, pero de una forma leve y difusa por las finas nubes que la cubrían. La temperatura ha bajado, y si bien no hace tanto frío, mi cuerpo tiembla como si fuese bajo cero. Una mezcla de adrenalina y temor me invaden casi al punto de inmovilizarme. Quiero ver, asomarme, pero me habían ordenado esconderme, era la única manera de que no me bajen del vagón cuando el convoy se detuviera. El sonido del traqueteo de las vías se acopla con el de los hierros rechinantes por el movimiento y juntos conformaban una orquesta siniestra.

Después de esperarlo durante nueve horas el sueño había comenzado; atravesar el Sahara mauritano en el infame Tren de Hierro era una realidad. Solo el tiempo de espera y las instrucciones de mi amigo Bouh habían calmado un poco mi ansiedad y me encontraba camino a Nuadibú. Durante los primeros momentos seguí al pie de la letra sus instrucciones; me subí de manera sigilosa y me refugié en una de las tantas pilas de mineral de hierro que se formaron en el vagón, mi vagón. Antes de partir fue muy claro con la instrucción

  • If the train stops, you hide; if you don’t and they see you, they’ll take you off and you’ll end up in the passenger carriage“ (“Si el tren frena, te escondes, si no lo haces y te ven, te van a bajar y terminarás en el vagón de pasajeros del final”.

Debía respetar la indicación, el viaje no tendría sentido si terminaba en el vagón de pasajeros.

Los primeros minutos fueron de total tensión, luces que se aproximaban, ruidos de autos, gritos en francés, me sentía un fugitivo en busca de su libertad y en definitiva algo de eso había. Me invadía la curiosidad, la idea del viaje, el sentido de la aventura y de la foto que tenía en mente. La carga de las expectativas era más pesada que la mochila en la que transportaba mis víveres y la cámara.

Miré el reloj y me inquieté, hacía más de 25min desde que me había subido y todavía no arrancaba. Temía lo peor; que alguien me hubiera visto, que los guardias me estuvieran buscando. El vagón estaba tan cargado de mineral de hierro que solamente quedaban unos veinte centímetros entre mi cuerpo y el borde superior de las paredes, la superficie. Debía quedarme recostado lo más quieto posible.

De pronto, un gran sacudón me empujó hacía el final del carro, el tren había comenzado su marcha. Sonreí y por dentro grité de alegría; comenzaba la aventura y no me habían descubierto. Esperé un tiempo prudencial de marcha. Esperé que no hubieran más luces, pero la ansiedad me jugó una mala pasada Me asomé para intentar ver ése nuevo mundo que me rodeaba en total oscuridad. Me sentía tal como ese único prisionero platónico que se asoma a la pequeña abertura de la caverna. Apenas traspasé el umbral de los ojos me di cuenta del error. Luces, personal de gendarmería y de la empresa ferroviaria por doquier, como si fuese la única parte poblada del desierto. Me volví a ocultar apenas detecto tanto peligro inminente y ruego no haber sido descubierto. El tren se detiene a los pocos minutos; me cubro por completo con la bolsa de dormir negra pero la luna llena ilumina todo y es casi inevitable el desenlace. Se hace un gran silencio, interminable. El tren me golpea      nuevamente y vuelve a arrancar. Sigo con vida, sigo en carrera.

Esta vez tomo otras precauciones, asomo el dedo como un improvisado periscopio, para asegurarme de que no existan otras luces más allá de la luna. Pierdo referencia del tiempo y del espacio, No sé si transcurrieron veinte o cuarenta minutos de marcha, pero debo ver, a eso vine. Me incorporo y el basto desierto me rodea, estoy completamente solo y no puedo ver más allá de diez o quince metros. Arena y polvo de hierro vuelan por todos lados…todo el tiempo. Sigo intranquilo, en estado de alerta. Prendo la linterna frontal para armar “mi cama”, me paro y apisono el mineral para que quede medianamente confortable para afrontar la noche. De repente algo me ilumina, siento el encandilo de la luz en mis ojos y me vuelvo a guarecer en ese improvisado refugio. Mi corazón se vuelve a acelerar, pienso que los guardias me vieron y me van a bajar, pienso en cómo darme a entender si no hablo francés, sé que lo puedo superar.

Me duermo intranquilo, vuelvo a perder la noción del tiempo. El ensordecedor ruido de los metales retorciéndose es hipnótico y entro en un trance entre la realidad y el sueño. Quiero dormir, pero esa maratón de sensaciones no me deja, llevo más de veinte horas despierto y mi cuerpo no se rinde. Un halo de humedad se forma alrededor de la luna y toda la escena se vuelve más atemorizante aún.

Me resulta imposible pensar en todo lo que podría suceder y en los peligros de colarse en un tren durante la noche y atravesar el desierto completamente solo en un vagón de carga. Soy un extranjero. Soy un polizón.

Me dejo llevar por esos pensamientos y al fin caigo, me rindo. Me duermo o me parece que me duermo. La monotonía del ruido transita a la misma velocidad que el tren, todo se hace eterno, las horas parecen escurrirse como la arena del desierto, pero a decir verdad las agujas no avanzan. Abro y cierro los ojos, sin saber con qué frecuencia, a veces son segundos, otras … minutos, largos minutos.

Me levanto, TOMO una foto. Madrugada, movimiento, luna, tren, composición imperfecta, técnica frustrada. ¿Es la experiencia o la foto lo que vale? Es la reminiscencia de mis sueños, es lo que buscaba, o quizás no, pero lo estoy viviendo y solo eso importa. Vuelvo a recostarme, vuelvo a entrar en esa animación suspendida.

El tren aminora la marcha y tras otro golpe seco se detiene, percibo luces, siento voces y escucho gritos, parecen órdenes sin sentido ni lenguaje, una huella sonora de arena y piedras se acerca cada vez más, un oficial que sube por las escaleras metálicas de mi vagón y me toma por el pecho al grito de “Te encontré”.

Me despierto totalmente exaltado me saco las manos de encima, y miro hacia arriba. Solo hay estrellas, no hay nadie y el oficial no existe. El sueño es tan real como la foto que imaginaba.

El tren se detiene a los pocos minutos y se repite la escena, solo que esta vez, nadie sube a mi vagón.

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